jueves, 20 de diciembre de 2007

Comentarios sobre "El elogio de la locura"

Estimados compañeros, heme aquí retirado en estos peñuscos del Atlántico, saboreando el período vacacional navideño y embriagado de los vapores de este consumismo penetrante y absurdo. En estos días, mi lectura (además de en los estudios historiográficos inefables) se concentra en ese pilar del humanismo cristiano que es "El elogio de la locura", de Erasmo. La obra es un sarcástico alegato contra los poderosos de la sociedad y las jerarquías de la Iglesia y fue un escándalo en su época.

La traducción del título lleva a engaño, pues Erasmo no se refiere a la locura en el concepto de enajenación mental, sino a la estulticia (en latín: stultitia), que debe interpretarse como "necedad, insensatez...". Se trata, pues, de un elogio de la necedad y estupidez humanas.

En la primera parte, en la que me encuentro sumergido, la estulticia, esto es, la insensatez, habla en primera persona, justificando su presencia en cualquier aspecto de la vida humana y dirigiéndose al lector en un lenguaje sencillo y directo. Entre otros muchos comentarios, la estulticia menciona el lugar de la mujer en el mundo y su relación estrecha con ella:

"Para que el hombre pudiese tomar resoluciones dignas de él... debía agraciársele con un poquito más de razón. A tal fin me llamó Júpiter a deliberar y, como en las demás cosas, le di un consejo digno de mí. Le sugerí que le diera una mujer -animal en verdad estulto e inepto, pero lleno de gracia y dulzura-. Su presencia en el hogar sazona y endulza con su necedad la rígidez del talante varonil. La duda que Platón parece abrigar sobre si se ha de catalogar a la mujer entre los animales racionales o los brutos, no busca más que mostrar la superlativa estupidez de su sexo. Y si alguna mujer, por casualidad, quiere ser tenida por sabia, no consigue más que ser doblemente estúpida, como si... alguien tratara de arrastrar a un buey a luchar en la palestra. Pues, en efecto, todo el que contra la naturaleza violenta su modo de ser y adopta unas cualidades aparentes, duplica su efecto. Ya lo dice el refrán griego: "Una mona es una mona, aunque se vista de púrpura", y una mujer será siempre mujer, es decir, necia, cualquiera que sea la máscara que adopte".

En otro párrafo poco despúes, la estulticia vuelve a arremeter con verdades que duelen en lo más hondo de nuestra masculinidad, de lo sinceras que son:

"¿Y qué otra cosa buscan en esta vida más que agradar lo más posible a los hombres? ¿Con qué fin, si no, tanto cuidado, tanto maquillaje, baño y peinado, tantas cremas y perfumes, y ese componerse, pintarse y ensombrecer la cara, los ojos y el cutis? Y pregunto ¿no es esa loca coquetería lo que las hace imponerse a los hombres? Nada hay que los hombres no toleren a las mujeres. Y ¿a cambio de qué? Sólo el placer. Sólo su loca coquetería es lo que les agrada de ellas. Pues nadie negará -piense de ello lo que quiera- la sarta de tonterías que dice el hombre a una mujer y las bobadas que hace cuando trata de conquistarla y poseerla".

Sin duda, Erasmo no será nunca considerado como un símbolo del feminismo...

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